Pocas frases condensan tantas promesas —y tantos riesgos— como ésta: «La ayahuasca me dijo que…». Detrás de esas palabras puede esconderse una revelación genuina, un cambio de vida que llevaba años gestándose en silencio, o una interpretación precipitada con consecuencias difíciles de revertir. Distinguir entre una y otra rara vez resulta sencillo, y esa dificultad no supone un caso accidental: forma parte de la naturaleza misma de la experiencia.
En abril de 2026, Jerónimo Mazarrasa —director de programas de ICEERS, con más de dos décadas dedicadas al estudio del trabajo con plantas psicoactivas en contextos no nativos— dedicó un seminario en línea abierto y gratuito a explorar precisamente este territorio. A continuación, recogemos las ideas centrales de esa conversación.
No es un fallo: forma parte del diseño
El punto de partida importa: que la ayahuasca «hable» no constituye un problema. La mayoría de las personas que se acercan a la ayahuasca lo hacen precisamente para escuchar. La experiencia posee una capacidad notable para hacer emerger material que, en condiciones ordinarias, permanece sepultado: deseos, miedos, intuiciones, memorias. Y cuando ese material aflora, suele adoptar la forma de mensajes, órdenes, revelaciones. El problema no radica en el contenido de esos mensajes, sino en cómo se interpretan y, sobre todo, en la rapidez con que se actúa a partir de ellos.
A lo largo de más de diez años de trabajo en el Centro de Apoyo de ICEERS —donde el equipo ha acompañado a más de 3.000 personas en dificultades tras experiencias con plantas psicoactivas— han emergido patrones recurrentes: predicciones, soluciones instantáneas, grandes cambios vitales, memorias recuperadas. Y en todos ellos, la evidencia apunta en ambas direcciones.
«No podemos afirmar que todo lo que la ayahuasca te dice sea verdad. Tenemos evidencia de lo contrario. Pero tampoco podemos decir que no lo sea. Disponemos de ejemplos de ambas cosas».
Esa ambigüedad no constituye un defecto del proceso: forma parte de su condición de fondo. Aprender a moverse en ella con criterio —sin precipitarse ni descartarlo todo— representa, según Jerónimo, el arte de tomar ayahuasca.
La regla de la espera
Cuando la ayahuasca transmite la sensación de que hay que dejar a la pareja, cambiar de trabajo, vender todo y abrir un centro en la selva, o que la persona sentada al otro lado de la sala resulta ser un alma gemela, la urgencia que acompaña al mensaje suele percibirse como confirmación de su verdad. Jerónimo propone invertir esa lógica.
Si algo resulta verdadero, lo seguirá siendo tres meses después. La planta posee una capacidad de amplificación —«funciona como un microscopio», decía Jerónimo en el seminario— que puede hacer que algo pequeño parezca enorme. La regla de la espera no cuestiona el mensaje: simplemente le da tiempo para asentarse. A esto conviene añadir una distinción entre órdenes y elecciones, aprendida de facilitadores con décadas de experiencia: «Ningún mensaje del plano espiritual llega como una orden. Siempre llega como una elección. Si lo que recibes adopta la forma de «debes», conviene tomárselo con más cautela».
Además, los facilitadores experimentados utilizan la regla de las tres confirmaciones: que el mensaje se repita en sesiones sucesivas; que guarde coherencia con la propia trayectoria vital y con el juicio de personas de confianza; y que lo respalde alguien cuya sabiduría uno respeta genuinamente. No se trata de someter la experiencia a un tribunal, sino de recuperar el sentido común que merece cualquier decisión importante.
Con todo, existe una excepción clara: si la ayahuasca señala la necesidad de salir de algo dañino —una adicción, una relación abusiva—, la espera puede no tener ningún sentido. El discernimiento no produce reglas rígidas, sino herramientas.
La responsabilidad de decidir
Hay un giro lingüístico que Jerónimo retoma de su propio terapeuta y que condensa mucho de lo anterior. Decir «la ayahuasca me dijo que debo dejar mi trabajo» traslada la responsabilidad hacia fuera. Decir «bebí ayahuasca y me di cuenta de que quiero dejar mi trabajo» la devuelve al lugar donde pertenece.
La diferencia no resulta menor. En situaciones que afectan a otras personas —una separación, un distanciamiento—, llegar con la sentencia de la planta como argumento no sólo clausura el diálogo: también infantiliza la propia decisión. La ayahuasca puede iluminar algo que llevaba tiempo ahí. Pero quien decide, siempre, es la persona.
Aprender a interpretar los mensajes que emergen de la experiencia no constituye un proceso que pueda completarse en una tarde. Jerónimo lo describía como el arte de beber ayahuasca: una práctica que se desarrolla con el tiempo, con el acompañamiento adecuado, con la humildad de reconocer que uno también puede engañarse a sí mismo. Carl Jung señalaba algo parecido al reflexionar sobre cómo el material inconsciente aflora a la consciencia: no lo hace como información neutra, sino con la forma de tareas y deberes. Un recordatorio de que lo que se percibe como una orden externa puede muy bien representar la propia vida interior hablando con una voz desconocida.
Si este tema te interesa y quieres profundizar, AyaSafety constituye el programa de formación de ICEERS Academy sobre seguridad en la facilitación de ayahuasca en contextos no nativos: seis meses, 45 horas de contenido y protocolos desarrollados junto a médicos, psicólogos, abogados y especialistas en reducción de daños. Las inscripciones se encuentran abiertas hasta el 25 de mayo.