Girona escuchó a la selva: crónica del Foro Mundial de la Ayahuasca

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Del canto inaugural de más de cien líderes espirituales indígenas a la pregunta de quién decide qué merece el nombre de medicina: crónica de los tres días en que Girona acogió el primer Foro Mundial de la Ayahuasca, bajo el lema «Un nuevo tiempo de alianza».

El 11 de septiembre, más de cien líderes espirituales indígenas entraron cantando en el auditorio principal del Palau de Congressos de Girona. Procedentes de 26 pueblos amazónicos, llevaban pintura corporal, plumajes ceremoniales y maracas, y avanzaban en círculo mientras el público, de pie porque ya no quedaba ni un asiento libre, guardaba silencio. Muchas personas estallaron en lágrimas. No hizo falta un discurso de apertura: cerca de un centenar de delegados indígenas y sus familias subieron directamente al escenario en un variopinto desfile de atuendos, cantos y danzas tradicionales. Cuando el ritual concluyó y los representantes indígenas dibujaron un único círculo, la sala entera se levantó en ovación.

Así comenzó el primer Foro Mundial de la Ayahuasca, celebrado del 11 al 13 de septiembre: un encuentro gestado durante casi una década que congregó a unas 1900 personas y más de 180 ponentes distribuidos en cinco espacios simultáneos. El evento fue precedido por la V Conferencia Indígena de la Ayahuasca, celebrada en Brasil en 2025, donde comunidades originarias denunciaron la comercialización descontrolada de esta medicina y formularon una invitación directa al diálogo con la ciencia occidental. El Instituto Yorenka Tasorentsi, el Instituto Nixiwaka y la Fundación ICEERS recogieron aquella propuesta y organizaron conjuntamente este encuentro bajo el lema «Un nuevo tiempo de alianza», que apareció proyectado, en cuatro idiomas, detrás del escenario principal durante los tres días.

Benjamin De Loenen, director ejecutivo de ICEERS, condensó durante la rueda de prensa una idea que atravesaría el encuentro: «no hablamos de una sustancia, hablamos de sistemas de conocimiento muy complejos». La distinción resultaba decisiva: frente a una mirada concentrada en compuestos, efectos y aplicaciones, el Foro proponía atender también a los sistemas culturales, espirituales, territoriales y políticos que han dado continuidad a estas prácticas. La fecha elegida no surgió al azar: el 11 de septiembre se celebra la Diada, la fiesta nacional de Catalunya, y la vicealcaldesa de Girona, Sílvia Aliu, agradeció en la apertura a ICEERS y a los dos institutos indígenas haber trasladado a la ciudad esta conversación intercultural, ecológica y política, en una tierra que conoce bien lo que significa reivindicar la propia libertad. Habló como alguien que conoce bien lo que significa querer cuidar la lengua, la cultura, el territorio y la naturaleza propios para que mañana sostengan a los hijos, y a los hijos de éstos, durante muchas generaciones.

Viernes: sentar las bases

La ceremonia inaugural reunió sobre el escenario, entre otras personas, a Benki Piyãko Ashaninka, Nixiwaka Biraci Brasil Yawanawá, Pilar Vergés, Mona Polacca y Benjamin De Loenen. Polacca, anciana havasupai, hopi y tewa, ciudadana de las Colorado River Indian Tribes en Arizona, miembro fundadora del Consejo Internacional de las Trece Abuelas Indígenas y guardiana de la tradición de la Native American Church, ofreció uno de los momentos más recordados de la jornada: habló de cómo «lo que hoy se llama América» se encuentra en deuda con los pueblos que habitaron durante milenios las orillas del río Colorado, y de cómo el mundo se desliza hacia el declive por negarse a honrar los valores y la soberanía de los pueblos indígenas.

La primera plenaria, «Ayahuasca, ciencias ancestrales y sistemas de conocimientos vivos», volvió a congregar a Benki Piyãko y Nixiwaka Biraci junto a Taita Luciano Mutumbajoy y Esneda Hurtado de Mutumbajoy. Después llegó «Reconocimiento de las ciencias indígenas como vínculo entre mundos», una conversación que desgranó desde el principio una de las tensiones centrales del encuentro. El etnofarmacólogo estadounidense Dennis McKenna proyectó una diapositiva que resumía su intervención: un mensaje que, según contó, la propia ayahuasca le transmitió en 1993 y que advertía a los humanos de que no son ellos quienes dirigen realmente el espectáculo, sino las plantas, los hongos y las bacterias con los que han coevolucionado. Llamó a los hongos y a la ayahuasca «embajadores gaianos», especies que llevan mucho más tiempo en el planeta que nosotros y cuyo mensaje, insistió, es siempre el mismo: despertar. Junto a él, Emilia Sanabria y Chris Timmermann desplazaban el debate hacia cuestiones de autoridad y reciprocidad, mientras Pashin Nima, Walter López y Adana Omágua Kambeba insistían en quién examina el conocimiento de quién y quién obtiene reconocimiento, publicaciones o beneficios cuando un saber ancestral entra en el laboratorio. Kambeba, médica formada en una universidad federal brasileña y en proceso de convertirse en pajé o médica tradicional de su propio pueblo, resumió una posición que reaparecería durante todo el fin de semana: «no esperamos una validación occidental». Poco después, en esa misma sala, la bióloga Monica Gagliano tomó el micrófono sin nada preparado: dijo sentirse casi como una enemiga, representante de la ciencia occidental que subía a un escenario ajeno, y que sólo había acudido a escuchar y a construir alianza. Fue una intervención breve, aunque muchos de los presentes la señalarían después como uno de los gestos más valientes del día.

En paralelo, «Comunicación con la más-que-humanidad: una indagación entre ciencias» anunciaba la participación de Vari Puyanawa, Paul Stamets, Moisés Piyãko Ashaninka y Monica Gagliano, aunque Stamets perdió el vuelo hacia Girona y la sesión, moderada por Shawãkaya Shawãdawa y Jeremy Narby, siguió adelante sin él. Sería el propio Narby quien, desde el púlpito, aportaría una distinción que circularía después entre los asistentes: allí donde la neurociencia describe un encuentro con «algo», muchos pueblos indígenas hablan de un encuentro con «alguien». La diferencia excede la semántica, invitando a replantearnos qué significa conocer una planta y qué clase de relación cabe establecer con ella. 

Por la tarde, «El viaje de la ayahuasca: la ruta de la globalización y la memoria cultural» reunió a Carlos Suárez Álvarez, Luis Eduardo Luna, Fernando de La Rocque Couto y Altino Machado. Suárez, periodista y documentalista español afincado en la Amazonía colombiana desde 2001, aporta a este debate una investigación de largo recorrido sobre el uso tradicional de la ayahuasca en la región: sus estudios sostienen que esa práctica resulta considerablemente más antigua de lo que ha planteado buena parte de la antropología reciente, una evidencia que reordena hacia atrás en el tiempo buena parte de la discusión sobre memoria cultural que atravesó esta mesa. A pocos metros de allí, «Tejiendo conocimientos: la investigación sobre la ayahuasca y el camino hacia una ciencia intercultural» reunió al doctor José Carlos Bouso, exdirector científico de ICEERS, con Glauber Loures de Assis, Pashin Nima, Walter López y Francisco Piyãko. Bouso, que había explicado que «en contextos controlados, la ayahuasca no provoca daños a la salud, ni mental ni física», defendió ante el auditorio que la psiquiatría del futuro recetará psicodélicos con normalidad.

Otras salas acogieron debates sobre antropología, arte y espiritualidad, salud mental, investigación, derechos indígenas, mercados y propiedad intelectual. En «Derechos indígenas, mercados y propiedad intelectual», Joseph Mays participó junto a Fernanda Gebara, Alice Fusaro Faioli y Tehseen Noorani en una conversación marcada por una preocupación concreta: evitar que la expansión global de la ayahuasca termine convirtiendo conocimientos indígenas en propiedad intelectual ajena.

La jornada continuó, ya de noche, en varios frentes. En la Maloca del tercer piso, un espacio de círculos concéntricos donde los ancianos hablaban en el centro, quienes querían estar cerca se sentaban alrededor, y en los anillos exteriores la gente simplemente escuchaba y descansaba, la familia Yawanawá abrió cerca de las 19:30 el primer concierto del Foro dedicando los primeros veinte minutos únicamente a nombrar y reconocer a cada uno de sus parientes presentes, antes de que sonara la primera nota. Al mismo tiempo, Sala 3 acogió presentaciones de libros de Thiago Oliveira da Silva Novaes, Iara Silva Machado y José Carlos Bouso, mientras que en Sala 4 el chillout de la noche se llenó de proyecciones ambientales pensadas para bajar el ritmo tras un día entero de debates intelectuales. La jornada terminó con la inauguración de la Maloca Warivi y de la exposición del mismo nombre, con Daiara Tukano, Rita Huni Kuin, Yaka Huni Kuin, Zeltzin Mata, Vari Puyanawa, Joaquín Vila y Delia Pizarro.

Sábado: las preguntas controvertidas

La segunda jornada arrancó con «Gobernanza a través de la relación correcta: reformulación de leyes y políticas», con José Gualinga, Pooven Moodley, Robinson Pai, Mayo Humberto Pai y Juliana Sepúlveda, y con «Seguridad, ética y buenas prácticas: trabajar con ayahuasca en contextos diversos», donde Jerónimo Mazarrasa compartió mesa con Atira Tan y Benki Piyãko Ashaninka para discutir cómo distinguir una facilitación responsable de la explotación comercial. En otra sala, el sociólogo barcelonés Jose Santiago Sánchez Roca participó en «Expansión global: perspectivas críticas», conectando la modernidad líquida de Zygmunt Bauman con el auge del turismo espiritual hacia Iquitos. Más tarde, «De la apropiación a la reconexión: deconstruyendo la lógica de poseer la vida» reunió a Isku Kua Yawanawa, Antonio Daza Kulchavita, Puwe Puyanawa y Joan Manel Vilaseca, mientras «Más allá de la experiencia: la integración» sentó en una misma mesa a Marc Aixalà, Mijal Schmidt y Gerónimo Tejedor, de ICEERS, junto a José López Sánchez, anticipando una línea de trabajo que el equipo de El Faro, el servicio de apoyo a la integración de ICEERS, seguirá desarrollando después del Foro.

Por la tarde, «Consciencia, ética, sanación y responsabilidad» reunió a Benki Piyãko Ashaninka, Silvia Mesturini, Ninawa Pai da Mata y José López Sánchez para abordar el poder que pueden acumular quienes dirigen ceremonias sobre personas en estados de especial vulnerabilidad. En paralelo, en la Sala 3, «Entre moléculas, plantas, cuerpos y sonidos» ofreció el tramo más técnico del Foro: el investigador Benjamin Mudge, de la Universidad de Maastricht, recorrió la química de la ayahuasca (la harmina y la harmalina como inhibidores de la MAO, la tetrahidroharmina como inhibidor de la recaptación de serotonina) y distinguió el bejuco «amarillo» del llamado «negro» o «del trueno», antes de detenerse en la Peganum harmala, una planta que contiene los mismos alcaloides que la liana amazónica pero en proporciones muy distintas, y que se usa como sustituto en algunos brebajes vendidos como ayahuasca. La investigadora Helle Kaasik, de la Universidad de Tartu (Estonia), presentó a continuación un análisis de 453 muestras de brebajes en los que distinguía tres familias (Daime, indígena y neochamánica) y mostraba cómo las preparaciones tradicionales mantienen un equilibrio entre compuestos que las versiones occidentales, cargadas de DMT, tienden a romper. Una intervención del centro peruano Takiwasi cerró el bloque con una nota de humor que muchos fotografiaron: una diapositiva que aseguraba que «Takiwasi integra inteligencia natural (sin IA) en sus mejores prácticas».

Mientras tanto, «El panorama jurídico de la defensa global de la ayahuasca» llevó a Jesús Alonso Olamendi, también de ICEERS, junto a Yama Nomanawa, Francisco Azorín y Bernardo Chindoy a discutir un mapa legal todavía fragmentado entre países, y «Voces de resiliencia: resistencia, construcción de paz y justicia restaurativa» dio espacio a Miguel Evanjuanoy Chindoy, Xiti Nukini, Maite Mompó y Marta Salazar. En «Ayahuasca y otras bioculturas en contextos terapéuticos», Pamela Kryskow, Jem Stone, Sewa María García Valenzuela, Dráulio Barros de Araújo y Rafael Guimarães dos Santos abordaron las fricciones entre investigación y custodia tradicional: el equipo de Araújo extraía DMT de la jurema sagrada para sus estudios en Brasil, y tras escuchar las críticas de los pueblos custodios de ese conocimiento optó por importar DMT sintetizada, aunque el cambio obligara a suspender la investigación durante un año.

La jornada concluyó con presentaciones de libros de Marc Aixalà y Diego Rodolfo Viegas; con dos conciertos muy concurridos en la Maloca Warivi, que llenaron la sala de baile hasta bien entrada la noche, con las proyecciones ambientales y el chillout en la Sala 4 y con «Alianzas de saberes» en la propia Maloca, con Imika Tarirú, Antonio Daza Kulchavita y varias delegaciones indígenas. Ese mismo día, Benki Piyãko elevó el tono de sus denuncias: mientras la ciencia estudia las plantas dejando al margen el conocimiento milenario que las sostiene, su uso descontrolado puede producir robo, locura y muerte, recordando que treinta líderes de su comunidad viven actualmente amenazados por la minería y el petróleo. Su intervención desembocó en una exigencia inequívoca: ¡basta!

Domingo: del diálogo a la alianza

La última jornada comenzó con la mesa redonda «Tejiendo una nueva historia para la humanidad», con Putanny Yawanawa, el filósofo Charles Eisenstein e Imika Tarirú. Fue allí donde Eisenstein preguntó, con el tono suave que lo caracteriza: ¿cuándo creen que estarán listos para compartir su don con nosotros? Una pregunta peliaguda, apoyada sobre siglos de dolor colonial y sobre el derecho legítimo de estos pueblos a proteger su conocimiento, pero que también dejaba entrever una esperanza real, ahora que por fin se hablaba de alianza.

En la Sala 2, «El diálogo entre las medicinas ancestrales indígenas y otros sistemas médicos» reunió a Adana Omágua Kambeba y al médico colombiano Germán Zuluaga con Edina Shanenawa. Edina, cacica y mujer medicina de la aldea Shane Tatxa Kaya, en Acre, y primera mujer de su comunidad en recibir de manos de su padre el tocado ceremonial, insistió allí en una idea cercana a la de Kambeba el viernes: que el conocimiento indígena no necesita ni busca el aval de la ciencia occidental. Días antes, Daiara Tukano había formulado en voz alta una pregunta que atravesaba buena parte del encuentro: «¿de verdad buscan terminar con la guerra?», cuestionando si el creciente interés occidental por las plantas maestras busca aliviar de raíz el sufrimiento contemporáneo o simplemente convertirlo en un nuevo mercado. Y fue también Edina quien resumió su reivindicación en una frase que circuló entre los asistentes: «nuestros territorios son una farmacia viva». 

Por la mañana también se celebró «Más allá de la prohibición: hacia modelos basados en derechos», con Natalia Rebollo, de ICEERS, junto a Tashka Yawanawa, Ismail «Izzy» L. Ali y Beto Marubo. Por la tarde, en «Procesos de autorregulación y reducción de daños de la ayahuasca», Taita Luciano Mutumbajoy compartió mesa con Floris Moerkamp, Manuel Villaescusa, Eva Césarová y Melissa Stangl. El sabio inga del Putumayo colombiano insistió en que administrar esta medicina exige responsabilidad clínica y espiritual a la vez: «el sanador debe conocer al paciente y la enfermedad para poder curar». En «La nueva economía de la Vida: de la extracción a la regeneración», Azadeh Momenghalibaf, con trayectoria en salud global y filantropía, ofreció una de las intervenciones más celebradas del Foro al hablar, desde su propia herencia persa, de construir alianzas con la naturaleza, el bosque y los pueblos indígenas.

En paralelo se sucedían conversaciones sobre descolonización, epistemologías, espiritualidades, medio ambiente, regulación y derecho. En una de ellas, el abogado Carlos Fernando Chica Cepeda regresó a una pregunta aparentemente sencilla que recorría muchas de las demás: quién decide, en última instancia, qué merece el nombre de medicina.

A media tarde llegó por fin Paul Stamets, con su intervención reubicada después del vuelo perdido del viernes y un título que parecía escrito con cierta ironía: «¿Por qué habría un micólogo de hablar en una conferencia sobre ayahuasca?». Entre sus datos, citó una estimación según la cual cerca de 768.000 personas en el mundo consumen hongos con psilocibina a diario. El Foro concluyó con «Caminos y alianzas para una nueva era». Benjamin De Loenen volvió a compartir escenario con Benki Piyãko Ashaninka, Nixiwaka Biraci Brasil Yawanawá, Ernesto Evanjuanoy y Gimar Lucitante antes de la ceremonia de clausura. Tres días después del canto inaugural, la conversación regresaba así al lugar del que había partido: la posibilidad, y también la dificultad, de construir una alianza entre mundos que históricamente rara vez se han encontrado en condiciones de igualdad.

El pulso humano, y lo que aún falta

Reducir lo sucedido en Girona al programa de ponencias dejaría fuera una parte esencial del encuentro. Quienes asistieron destacaron la carga emocional que suponía contemplar, en un escenario europeo, a tantos representantes de tradiciones que colonizadores y misioneros trataron de suprimir durante generaciones. La anciana norteamericana Mona Polacca describió a Occidente como una suerte de hermano menor que un día se marchó de casa y que, tarde o temprano, tendría que regresar para buscar guía en los pueblos indígenas. 

El encuentro tampoco eludió sus aristas más espinosas. La conversación sobre consciencia, ética, sanación y responsabilidad abordó de forma explícita el poder que pueden ejercer líderes espirituales carismáticos sobre personas en estados alterados y de extrema vulnerabilidad, en línea con el trabajo que ICEERS lleva años desarrollando en seguridad y reducción de riesgos. Hubo además momentos en los que hablar de territorio dejó de admitir cualquier lectura abstracta. En las pantallas del auditorio aparecieron los rostros de Bruno Pereira y Dom Phillips, indigenista brasileño y periodista británico asesinados en 2022 en el valle del Javari. Ese mismo 11 de septiembre, mientras el Foro comenzaba en Girona, el líder indígena colombiano Jacob Guachetá Zambrano fue torturado y asesinado en el sur de Colombia. Según datos citados durante el encuentro, sólo el año anterior murieron 39 personas defensoras de la tierra en Colombia y 26 en Brasil. Después de leer aquellos nombres en las pantallas, las palabras repetidas durante todo el fin de semana —territorio, custodia, protección, derechos— adquirían otra gravedad.

Algunos de los propios asistentes, al terminar el Foro, coincidieron en que se trata de un primer paso entre dos mundos que empiezan a caminar juntos. La reconciliación, sin embargo, todavía no ha ocurrido del todo: queda pendiente resolver cómo se comparte el control sobre la narrativa (si las voces indígenas deben, por ejemplo, revisar cualquier artículo o estudio que se publique sobre ellas). Tampoco se ha resuelto el debate de fondo: mientras Occidente ha entendido tradicionalmente la ayahuasca como una fuente de DMT, para buena parte de los pueblos que la custodian el centro de la medicina se halla en la liana misma y no sólo en uno de sus componentes.

En un momento de la última jornada, en la Maloca, el abuelo muisca colombiano Antonio Daza Kulchavita resumió, quizás mejor que nadie, el espíritu que el Foro había intentado sostener durante tres días: «no somos espirituales por hacer yoga o meditar. Eso no es espiritualidad. La espiritualidad es cómo vivimos, cómo tratamos a los demás, cómo los escuchamos, cómo cuidamos de las demás personas».

El domingo por la noche se celebró una fiesta extraoficial, a cargo de Urban Indigenous Collective, en la sala Platea, a unos quince minutos a pie del Palau de Congressos. Allí, cantamos y bailamos en la emotiva actuación de Juan Calvi, Luz Esmeralda y Taminchi, y en la más movida sesión posterior de Josh a los platos, todo ello aderezado con visuales de Igor Domsac. Aunque no formaba parte del programa oficial del Foro, para muchos de los asistentes supuso la manera en que Girona terminó de despedirse de la ayahuasca.

Lo que viene después

El Foro no se concibió como un congreso anual, sino como un punto de inflexión. Entre sus objetivos declarados figura la constitución, el próximo año, de un Consejo de Liderazgos Espirituales Indígenas que permita dotar de continuidad institucional a algo que hasta ahora ha dependido en gran medida de encuentros puntuales: la participación de los pueblos indígenas en las decisiones globales sobre el futuro de sus propias medicinas tradicionales.

Para ICEERS, el cierre del encuentro ha significado también volver a un trabajo que continúa planteando nuevos desafíos cada día. Con motivo del Foro, la fundación puso a disposición del público los documentos AyaSafe, de descarga gratuita, con herramientas prácticas para reducir riesgos en contextos no nativos, presentó un informe sobre el impacto económico de los centros de retiro en Costa Rica y elaboró una nueva guía legal para ayudar a comprender el contexto normativo antes de viajar.

Durante varios decenios, buena parte del mundo occidental se ha acercado a la ayahuasca preguntando qué contiene, qué efectos provoca, qué trastornos puede curar o qué riesgos entraña. El Foro añadió otras preguntas: de dónde procede ese conocimiento, qué territorios lo sostienen, qué obligaciones surgen al recibirlo y quién debe intervenir en las decisiones sobre su porvenir. La alianza anunciada en Girona no quedó sellada en un documento. Tal vez porque una alianza de esa naturaleza difícilmente pueda resolverse mediante una firma. Su alcance dependerá, más bien, de lo que ocurra después, cuando cada cual asimile la experiencia de regreso a su hogar. 

Gracias a Josh y Aili, a Ben, a Débora, a Jerónimo, a Àlex, a Saioa, a Carol, a Priscila, a Carlota (y a su hermana), a Andrea, a Kiko, a Patricia, al equipo francés, a Emilie, a Diane, a Ségolene, a Yorenka y Nixiwaka, a todas las personas voluntarias, al personal del Palau y a quienes sosteníamos el decorado entre bambalinas, a los donantes, a las organizaciones, a la prensa internacional, a la delegación indígena, a los abrazos y sonrisas en los pasillos, a Javi, a María, a Sarai, a Miguel, a Juan, a Esmeralda, al equipo de catering, al de limpieza, al de seguridad, y a todas las personas asistentes. Hemos cocreado un hito histórico que será rememorado durante buena parte de la posteridad, para que algún día podamos contar con orgullo a nuestros nietos que nosotros también nos encontrábamos allí, tejiendo juntos un encuentro irrepetible. Y es que, como dijera Paul Stamets en su charla del domingo, éste probablemente fuera «con diferencia, el congreso más importante al que he asistido en toda mi vida».

Foto de Soulfocus Media.